«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» — Juan 17:3 (RVR1960).
En las largas sobremesas de estudio bíblico en nuestro hogar familiar, al calor de la reflexión teológica que compartimos con mi hermano y mi madre, a menudo nos detenemos a contemplar una triste realidad del cristianismo contemporáneo: la trivialización de la Deidad.
Mientras que la filosofía secular y el pragmatismo posmoderno invitan al hombre a centrarse en su propia autosuficiencia, el pensamiento bíblico e histórico afirma que la cúspide de toda sabiduría comienza al postrarse en asombro ante la santidad de Dios. Como advertía con agudeza el reformador Juan Calvino al inicio de su Institución de la Religión Cristiana, el ser humano jamás alcanzará un conocimiento claro de su propia miseria sin antes haber contemplado el rostro majestuoso del Creador.
Sin embargo, existe un abismo infranqueable entre saber acerca de Dios y conocer a Dios de manera salvadora. El verdadero conocimiento espiritual no es una mera recopilación de datos académicos ni una especulación intelectual estéril; es una relación personal, reverente y vital arraigada en la infalible inerrancia de las Escrituras.
¿Qué es el verdadero conocimiento de Dios frente al espejismo del teísmo moderno?
Vivimos sumergidos en una era de idolatría sofisticada. En innumerables púlpitos modernos se predica un dios domesticado, un ser antropomórfico y sentimentalista que actúa como un mero sirviente de los caprichos humanos.
Este deísmo práctico, el teísmo abierto y las corrientes del evangelicalismo superficial han vaciado a Dios de Su absoluta soberanía. Frente a esta apostasía sutil, la teología reformada histórica nos llama urgentemente a levantar la vista y recuperar la ortodoxia de los credos y confesiones históricas, como la Segunda Confesión de Fe de Londres de 1689.
Conocer al Dios verdadero exige despojarnos de toda proyección mental idolátrica. No podemos adorar a un dios creado a nuestra imagen y semejanza; debemos postrarnos ante el Ser autosuficiente que sostiene el universo con la palabra de Su poder.
El conocimiento de Dios transforma nuestra mente, mortifica nuestro orgullo y somete nuestra voluntad rebelde al señorío innegociable de Cristo.
La doctrina de Dios: Los atributos inefables y la absoluta soberanía divina
Para comprender quién es el Dios al que adoramos, debemos acudir a la revelación especial de Su Palabra y examinar Sus perfecciones incomunicables y comunicables:
Trinitarismo Niceno: Existe un solo Dios vivo y verdadero en tres subsistencias o personas coeternas y coiguales: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de una misma sustancia indivisible.
Aseidad y Creación Ex Nihilo: Dios es absolutamente independiente de Su creación; no necesita de nada ni de nadie para su plenitud, y trajo a la existencia el universo de la nada para la manifestación de Su gloria.
Soberanía Absoluta e Inmutabilidad: Gobierna sobre cada molécula del cosmos. Él no experimenta mudanza ni sombra de variación en Su ser, propósitos o atributos (Malaquías 3:6).
Simplicidad divina, inmutabilidad y la santa impasibilidad de Dios
La doctrina histórica de la simplicidad divina nos enseña que Dios no está compuesto de partes físicas o metafísicas; Sus atributos son Su esencia misma. Su amor, Su justicia y Su santidad no son atributos separados que compiten entre sí, sino la expresión armónica de Su ser perfecto.
Asimismo, afirmar la impasibilidad de Dios no significa que Él sea una deidad fría, apática o insensible ante Su creación. Significa que ninguna fuerza exterior puede coaccionar, alterar o perturbar la bienaventuranza eterna de Dios.
Sus afectos son puros, constantes y deliberados; Su ira contra el pecado y Su amor misericordioso hacia Su pueblo fluyen de Su voluntad inmutable, soberana y santa.
La necesidad radical de la mediación y el medio para conocer a Dios
Aunque la revelación general —la naturaleza y la conciencia humana— manifiesta de manera ineludible la existencia y el poder eterno de Dios (Romanos 1:18-20), la depravación total del hombre caído lo conduce inevitablemente a reprimir esa verdad en injusticia.
Por esta causa, la creación deja al pecador sin excusa ante el tribunal divino, pero resulta absolutamente insuficiente para otorgarle la salvación.
La suficiencia de Jesucristo como Mediador único (Munus Triplex)
La única vía legítima para que un pecador contaminado por el pecado llegue a conocer íntimamente al Dios santo es a través de la obra redentora de Jesucristo. En Su oficio tripartito (Munus Triplex), Cristo es:
El Profeta: Quien revela de forma infalible la verdad y la voluntad de Dios a nuestros corazones oscurecidos.
El Sacerdote: Quien ofreció Su propia vida como un sacrificio expiatorio perfecto para satisfacer la justicia divina y expiar nuestra culpa.
El Rey: Quien gobierna soberanamente sobre Su Iglesia y rescata con poder irresistible a los suyos mediante la regeneración.
Este conocimiento salvador no se hereda por linaje biológico ni se conquista mediante méritos morales o religiosos. Se recibe únicamente cuando el Espíritu Santo efectúa el nuevo nacimiento, concediendo el don sobrenatural del arrepentimiento y una fe viva que descansa de por vida en la justicia imputada de Cristo.
La preciosidad del conocimiento de Dios como la reina de las ciencias
Considerada con justicia por los teólogos puritanos como la «Reina de las Ciencias», la teología —el estudio sistemático y devoto de Dios— constituye la ocupación más sublime que puede ocupar la mente de un redimido.
Grandes lumbreras de la fe como J. I. Packer y Charles Spurgeon sostuvieron firmemente que nada ensancha tanto el intelecto humano ni consuela tan profundamente el alma atribulada como la contemplación constante de la grandeza de la Deidad.
Este conocimiento posee un valor supremo por tres razones fundamentales y eternas:
Es el Conocimiento Supremo: Ningún logro académico, riqueza material o éxito temporal se compara con la dignidad de entender y conocer íntimamente a Jehová (Jeremías 9:23-24).
Es Vida y Salvación: Fuimos creados por Su gracia para entablar una comunión ininterrumpida con Él, siendo este conocimiento la esencia misma del Nuevo Pacto y la semilla de la vida eterna (Juan 17:3).
Es Supremo Consuelo y Fortaleza: En medio de las más crudas aflicciones, las tentaciones del mundo y la lucha diaria contra el pecado remanente, saber que Dios es soberano actúa como una torre fuerte. El pueblo que conoce a su Dios se mantiene inconmovible y actúa con denuedo espiritual (Daniel 11:32).
Creciendo en la verdad: Disciplinas espirituales y fuentes para una piedad madura
El conocimiento de Dios no constituye una meta estática que se alcanza en un momento de la vida y se abandona; es una jornada perpetua de asombro, adoración reverente y inmersión profunda en las Escrituras.
Para fortalecer nuestra piedad y no caer en el peligro del activismo religioso o el sentimentalismo vacío, es imperativo abrevar en las fuentes clásicas de la sana doctrina reformada:
Institución de la Religión Cristiana — Juan Calvino
Conociendo a Dios — J. I. Packer
Un Corazón para Dios — Sinclair Ferguson
El Conocimiento del Dios Santo — A. W. Tozer
Los Atributos de Dios — Arthur W. Pink
Teología Sistemática (Vol. 1) — Joel Beeke y Paul Smalley
Conclusión: Soli Deo Gloria y el deleite eterno en la contemplación de Su majestad
Al reflexionar sobre la inescrutable profundidad de Su ser y la grandeza de Su gracia redentora, nuestros corazones son compelidos a postrarse en adoración y a realizar un examen sincero ante el trono de la gracia:
¿Hemos abandonado todo ídolo moderno para rendirnos incondicionalmente al Dios vivo y verdadero revelado en las Escrituras?
¿Estamos descansando con absoluta paz en la suficiencia de la obra de Cristo, o confiamos erróneamente en nuestros propios esfuerzos morales?
¿A qué prójimo sediento de verdades eternas proclamaremos esta gloriosa suficiencia durante nuestros trayectos y labores diarias?
Que el Dios de toda consolación guarde nuestros pasos de la impiedad y nos conceda perseverar con firmeza inquebrantable en la doctrina apostólica.
A Aquel que es nuestro único y sabio Salvador, Profeta, Sacerdote y Rey, Jesucristo, sea dada la gloria, la majestad, el imperio y la potencia, ahora y por todos los siglos de los siglos. ¡Amén y amén!
¿Deseas seguir profundizando en los tesoros de la teología histórica y la soberanía de la gracia? Te invitamos a leer nuestra entrada relacionada sobre [¿Qué es Sola Scriptura y la reforma continua bíblica?] o a compartir tus reflexiones y preguntas teológicas en la sección de comentarios abajo