La iglesia contemporánea navega en un mar de pragmatismo superficial, donde la doctrina sólida es despreciada en aras de una falsa unidad. Sin embargo, para defender la fe inmutable frente al error heterodoxo, el creyente necesita el ancla de la Escritura y el resguardo de los credos y la Confesión Bautista de 1689.
Estos documentos no son inventos humanos ni especulaciones académicas; son baluartes espirituales forjados en el fuego de la persecución para salvaguardar la verdad revelada.
Al contemplar los siglos pasados, descubrimos que los creyentes que nos precedieron atravesaron pruebas aplastantes. Enfrentaron herejías devastadoras y divisiones sangrientas en medio de destierros, cárceles y martirios.
Las herramientas teológicas que hoy poseemos no nacieron en la comodidad del aula, sino en la trinchera del combate de la fe.
¿Por qué Necesita la Iglesia Credos y Confesiones de Fe?
Existe un eslogan moderno y erróneo que afirma: "Ni credos ni confesiones, solo la Biblia". Quienes repiten esta frase ignoran que, al intentar definir lo que la Biblia enseña, inevitablemente están formulando una confesión de fe oral.
Es vital precisar la jerarquía de autoridad: las Sagradas Escrituras son la norma normans (la norma reguladora no normada, de autoridad absoluta e inerrante). Por el contrario, los credos y confesiones son la norma normata (una norma subordinada y examinada por la Palabra).
Históricamente, el pueblo de Dios ha empleado estos resguardos doctrinales para cumplir tres funciones fundamentales:
Discernir la verdad de la mentira: Trazan un cerco infranqueable para distinguir la ortodoxia bíblica de las sutiles desviaciones heterodoxas.
Proclamación pública e identificación: Permiten declarar con valentía frente al mundo y la sociedad secular: "Esto es lo que creemos y proclamamos".
Protección del rebaño local: Salvaguardan la paz y la pureza de la congregación, evitando que lobos con piel de oveja introduzcan novedades teológicas desastrosas.
El apóstol Pablo exhortó con solemnidad a su joven discípulo a mantener este tipo de resguardo doctrinal:
"Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros." (2 Timoteo 1:13-14, RV1960).
Credos Ecuménicos vs. Confesiones Históricas Reformadas
Para comprender el desarrollo del pensamiento cristiano, debemos distinguir entre los escritos de la antigüedad y los documentos nacidos en el crisol de la Reforma Protestante del siglo XVI.
Los Credos Ecuménicos son sintetizadores de la fe articulados durante los primeros siglos de la era cristiana. Son ampliamente aceptados por las distintas ramas de la cristiandad histórica.
Decir "ampliamente aceptados" es más preciso que decir "universalmente aceptados". A lo largo de los siglos, siempre existieron facciones apóstatas que rechazaron sus conclusiones sobre la Deidad.
Esta separación no es una tragedia fortuita, sino un acto providencial de Dios para purificar a su esposa y separar la paja del trigo.
Por otro lado, los Credos Históricos o Confesiones de Fe expresan la postura madura de una tradición o denominación particular (como la Bautista Reformada o la Presbiteriana).
Si una congregación pretende limitar su comunión únicamente a los credos ecuménicos bajo la bandera de un ecumenismo ingenuo, el muro de resguardo resulta ser peligrosamente bajo.
Ese error obliga a estrechar la mano de comunión con el sistema romano o la heterodoxia oriental, esquemas que pervierten la soteriología al contaminar la justificación por la sola fe. Una confesión histórica, en cambio, levanta un estandarte de santidad y verdad sin concesiones.
Los Cuatro Credos Ecuménicos Fundamentales
Los primeros concilios de la iglesia articularon verdades innegociables sobre la Santísima Trinidad y la persona de Jesucristo. Todo creyente fiel debe abrazar estas columnas:
1. El Credo de los Apóstoles (Siglo II approx.)
Aunque la leyenda de que cada apóstol redactó una cláusula carece de sustento, este documento es una joya de sencillez trinitaria. Proclama la creación, la encarnación, el señorío de Cristo, su nacimiento virginal y su resurrección corporal; premisas indispensables para su obra vicaria.
2. El Credo de Nicea (325 d.C.) y Constantinopla (381 d.C.)
El Concilio de Nicea se convocó para aplastar la blasfemia arriana, la cual negaba la plena divinidad del Hijo al sostener que era una criatura creada. Nicea afirmó que el Hijo es homoousios (de la misma sustancia) con el Padre.
Años después, en Constantinopla, se profundizó en la Deidad del Espíritu Santo. Más adelante, la iglesia occidental añadió la Cláusula Filioque («y del Hijo»), afirmando que el Espíritu procede del Padre y del Hijo.
"Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí." (Juan 15:26, RV1960).
Esta adición resguarda la perfecta co-igualdad de las personas divinas, aunque fue el detonante teológico del Gran Cisma de 1054 con el oriente eclesiástico.
3. El Credo de Calcedonia (451 d.C.)
Calcedonia estableció el marco cristológico definitivo: Jesucristo posee dos naturalezas completas (plenamente Dios y plenamente hombre) unidas en una sola persona sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación.
4. El Credo de Atanasio (Quicunque Vult)
Formulado hacia el siglo VI, este credo expone con majestuosa precisión la doctrina trinitaria y la encarnación. Advierte que quien rechace conscientemente esta fe perecerá eternamente.
Por esta razón, las sectas modernas que niegan la Trinidad (como los Testigos de Jehová o el unitarismo) están completamente excluidas del cristianismo bíblico.
"Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos." (Judas 1:3, RV1960).
La Pedagogía de la Fe: El Papel de los Catecismos
A la par de las grandes confesiones, nuestros padres en la fe diseñaron catecismos: herramientas pedagógicas para instruir a los niños y creyentes mediante preguntas y respuestas:
La Didaché (Siglo I–II): El manual más antiguo de conducta moral y orden eclesial.
El Catecismo de Ginebra (1537): Escrito por el reformador Juan Calvino para cimentar a la iglesia en las verdades del Evangelio.
El Catecismo de Heidelberg (1563): Famoso en el ámbito reformado por su inigualable consuelo pastoral.
El Catecismo Ortodoxo de Hércules Collins (1680): Una joya adaptada de Heidelberg para la instrucción de las familias bautistas.
Los Catecismos de Westminster (1647): Divididos en el Mayor (para un estudio teológico exhaustivo) y el Menor (107 preguntas concisas para la enseñanza en el hogar).
Estas herramientas demuestran que la iglesia confesional no inventa dogmas, sino que transmite con celo el depósito sagrado recibido de las Escrituras.
La Historia Detrás de la Confesión Bautista de Fe de Londres (1689)
La Reforma No Terminó en Westminster
La Confesión de Fe de Westminster (1646) representa una cumbre de la teología puritana. Sin embargo, la maduración del pensamiento bíblico no se congeló allí.
Las convicciones de los bautistas particulares continuaron desarrollándose hasta plasmarse en la Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689 (redactada originalmente en 1677). Este documento no fue un exabrupto ni una novedad estrambótica, sino la consolidación de la ortodoxia histórica en perspectiva bautista.
La Persecución y la Calumnia "Anabaptista"
Durante el siglo XVII en Inglaterra, los bautistas calvinistas sobrevivían en un ambiente de feroz hostilidad. Sufrían la opresión de la Iglesia Anglicana oficial y el desprecio del Parlamento de mayoría presbiteriana.
Para colmo, sus enemigos los etiquetaban maliciosamente como "anabaptistas", buscando vincularlos con las revueltas fanáticas y violentas de la Reforma Radical (como la sangrienta tragedia de Münster en 1535).
Redactar una confesión propia no fue un ejercicio de vanidad académica, sino un acto urgente de defensa apologética. Querían demostrarle al mundo que no eran rebeldes ni arminianos, sino cristianos de convicción puritana, reformada y calvinista.
El Desarrollo Documental: Una Estrategia Sábia
Para dejar clara su continuidad con la Reforma, los bautistas particulares actuaron con una humildad y sabiduría admirables:
Primera Confesión de 1644: Utilizó la Confesión Verdadera (1596) y La Médula de la Teología de William Ames para defender la libertad de conciencia.
Segunda Confesión (1677/1689): Adoptaron la estructura de la Confesión de Fe de Westminster (1646) y de la Declaración de Saboya (1658), esta última escrita por los independientes John Owen y Thomas Goodwin.
Retuvieron casi intacto el vocabulario teológico sobre Dios, la caída, la depravación total y la salvación soberana.
Solo realizaron modificaciones precisas en la Teología del Pacto y en la Eclesiología, defendiendo con valentía el bautismo de creyentes por inmersión (credobautismo) y el gobierno local congregacional.
Aunque se redactó en la clandestinidad en 1677 por temor a la pira y la cárcel, en 1689 —tras la sanción de la Ley de Tolerancia en Inglaterra— más de cien pastores y delegados bautistas se reunieron abiertamente para ratificarla y promulgarla para las naciones.
Un Baluarte en el Camino Diario: Reflexión Testimonial
Como hombre que camina por las calles congestionadas de esta ciudad y que enfrenta a diario la batalla contra el pecado remanente y la mortificación de la carne, testifico que esta herencia no es letra muerta.
Enfrentar la tentación diaria o la confusión teológica del mundo moderno sin un fundamento confesional sólido es como salir al campo de batalla desarmado.
Saber que la fe que profeso no es un invento de mi mente ni una emoción del momento, sino la verdad eterna por la que mis hermanos del siglo XVII prefirieron la cárcel antes que negar al Señor, llena mi alma de una santa convicción.
La Confesión de 1689 me recuerda cada día que mi salvación descansa únicamente en el beneplácito de la gracia soberana de Dios, y no en mis méritos.
Por qué Debemos Abrazar Nuestra Herencia Confesional Hoy
El estudio de los credos y de nuestra confesión de fe responde a una necesidad urgente del alma en el siglo XXI. Nos capacita para cumplir cuatro deberes indispensables:
Preservar la verdad: Construir un muro doctrinal contra el analfabetismo bíblico y los falsos maestros que comercian con la fe.
Hacer una apología rigurosa: Responder con solidez exegética e histórica a las objeciones del mundo contemporáneo.
Cimentar nuestra identidad: Reconocer con gratitud que pertenecemos a la corriente histórica de la iglesia que Cristo ha preservado a lo largo de las edades.
Estar dispuestos al sufrimiento: Comprender que confesar la verdad inmutable de la Escritura traerá el rechazo del mundo, pero que la gloria venidera supera cualquier aflicción presente.
Toda confesión reformada auténtica se apoya sobre los credos ecuménicos, y estos, a su vez, se someten sin reservas a la autoridad inerrante de las Sagradas Escrituras.
"para que si me tardo, sepas cómo debes con
ducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad." (1 Timoteo 3:15, RV1960).
A Aquel que es el único Dios Sabio, Soberano y Verdadero; al Padre que nos eligió desde antes de la fundación del mundo, al Hijo que nos redimió con su sangre preciosa en el madero, y al Espíritu Santo que nos regenera y preserva en la verdad; sea toda la gloria, la majestad, el imperio y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.
¿Cuenta tu iglesia local con una confesión de fe clara que resguarde a la congregación del error doctrinal, o siguen expuestos a las modas teológicas del momento? Déjanos tu reflexión en la sección de comentarios o continúa profundizando en nuestra siguiente lectura sobre [¿Qué es el Confesionalismo Histórico en la Iglesia reformada?].