La resolución de conflictos en el seno de la iglesia y en el hogar no se logra mediante tácticas seculares de negociación ni buscando simpatizantes para nuestra causa.
El origen real de cada contienda radica en la concupiscencia y el pecado remanente que infectan el corazón humano.
Cuando surgen roces en la comunidad, la tendencia carnal nos impulsa a señalar la falta del prójimo mientras disculpamos nuestras propias ofensas.
Sin embargo, el Señor Jesucristo invierte de forma tajante esa lógica mundana: para solucionar cualquier tensión, el mandato divino exige examinar e intervenir primero nuestro propio corazón.
La Ilusión del Culpabilismo Externo y el Juicio de Jesucristo
El ser humano es especialista en inflar las faltas ajenas mientras minimiza sus propias iniquidades. Vivimos bajo la ilusión del culpabilismo externo, atribuyendo la amargura del hogar o la división eclesial a la conducta del otro.
Incluso personas no creyentes pueden desplegar cierta madurez cívica para pedir perdón; pero el cristiano no busca parches superficiales, sino la extirpación de la raíz pecaminosa.
En su sermón, el Redentor del mundo establece el orden irrenunciable para tratar con la fragilidad humana:
"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no miras la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en tu propio ojo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano." (Lucas 6:41-42, RV1960).
Abordar un pleito sin haber quitado la viga del orgullo propio no es celo por la justicia; es pura hipocresía.
Solo cuando el Espíritu Santo nos quebranta revelando nuestra depravación, estamos capacitados para restaurar con mansedumbre al hermano caído.
Vivir como es Digno del Evangelio: Rechazando la Carnalidad
Existe un estándar de conducta innegociable establecido por la Soberanía Divina. El apóstol Pablo exhorta a la iglesia a caminar a la altura de la gracia recibida:
"Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados," (Efesios 4:1, RV1960).
Andar por debajo de esta norma es convertirse en un promotor activo de tensiones, amargura y división.
Lamentablemente, muchos profesantes gobiernan sus relaciones mediante refranes mundanos como «yo soy manso pero no menso» o «yo no me dejo de nadie».
Tales slogans son dardo del infierno para justificar la venganza y desacatar el mandato de colocar la otra mejilla.
De igual forma, someterse al dictamen fluctuante de las emociones imposibilita mantener relaciones estables. El cristiano no vive según su estado de ánimo, sino bajo el señorío de la Palabra escrita.
"Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación." (1 Tesalonicenses 4:7, RV1960).
"Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos." (Colosenses 3:15, RV1960).
Los conflictos en la congregación no son el ideal, pero la Providencia los permite para desenmascarar las motivaciones intimas y manifestar quiénes operan con madurez espiritual.
"Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se manifiesten entre vosotros los que son aprobados." (1 Corintios 11:19, RV1960).
Tres Virtudes Corazonales para Evitar las Disensiones
Para caminar en dignidad y aplacar las contiendas, el creyente debe cultivar de forma intencional tres virtudes indispensables en la fragua de la santificación:
"Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor," (Efesios 4:2, RV1960).
La Humildad: Estimando al Prójimo como Superior
El orgullo es el combustible de todo pleito. La humildad no consiste en un concepto miserable de uno mismo, sino en estimar genuinamente al hermano como superior.
El modelo supremo de esta actitud es nuestro Señor Jesús, quien siendo Dios se despojó a sí mismo tomando forma de siervo:
"Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús," (Filipenses 2:3-5, RV1960).
La Mansedumbre: Renuncia Voluntaria a los Derechos Propios
La mansedumbre no es debilidad ni cobardía; es poder bajo control divino. Es la disposición interna de no ofender a nadie ni dejarse provocar por las ofensas recibidas.
El hombre manso renuncia a la exigencia egoísta de sus derechos. Al recibir un agravio, no explota en ira ni maquina represalias; procesa la afrenta en oración y responde con gracia.
La inmensa mayoría de las peleas eclesiales no surgen por ataques doctrinales graves, sino por la susceptibilidad hipertrofiada de quienes se ofenden por nimiedades o rechazan indicaciones sencillas.
La Paciencia (Macrotimia): Sostener el Peso del Error Ajeno
La macrotimia es la capacidad dada por el Espíritu Santo para soportar una resistencia prolongada ante la incomodidad, el dolor o las imperfecciones de los demás.
En el matrimonio y en la comunidad local es obligatorio aguantar los defectos, manías y yerros de los hermanos mientras la santificación perfecciona su andar.
Abandonar una congregación argumentando «falta de amor en los demás» suele ser la máscara de un corazón impaciente y colmado de soberbia.
Acciones Prácticas: Soportar en Amor y Guardar la Unidad Relacional
Las virtudes del corazón deben traducirse inmediatamente en hábitos visibles de conducta comunitaria:
"Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz." (Efesios 4:3, RV1960).
Soportar a los demás en amor: La voz «soportar» significa alzar, sostener o llevar sobre las espaldas el peso del hermano. Implica ser indulgentes, disimular las ofensas menores y negarse rotundamente a guardar rencor.
Diligencia en guardar la unidad: La Escritura no nos pide crear la unidad espiritual (obra exclusiva de Cristo), sino preservar la unidad relacional.
Actitud solícita: Exige actuar con prisa, celo y diligencia para reparar cualquier brecha de comunicación, rehusando el aislamiento o la distancia rencorosa.
El distanciamiento voluntario, el silencio castigador o el abandono de la comunión son calificados por Dios como faltas gravísimas contra el cuerpo de Cristo.
Examen de Conciencia: Mi Lucha Diaria en las Calles y la Soberbia
Escribo estas líneas reconociendo la fragilidad de mi propio espíritu. Como un hombre que debe abrirse paso a diario entre el tráfico caótico y hostil de la ciudad, expuesto a la prisa, la imprudencia ajena y el agotamiento físico, sé lo rápido que la carne intenta reaccionar con soberbia.
En medio del bullicio urbano, es alarmantemente fácil ceder a la impaciencia, dictaminar sentencias severas contra los errores de otros conductores y pretender justificar mi propio mal genio.
Cuantas veces he tenido que frenar la amargura en el volante y recordar que el Rey de gloria me ha llamado a la santificación, no a la victoria de mis impulsos terrenales.
Si no mortifico el orgullo en la trinchera cotidiana de la calle y del trabajo, llegaré al hogar y a la congregación con un corazón endurecido, listo para encender contiendas por cualquier pequeñez.
Necesito la gracia del Salvador cada hora para clamar por humildad, reconocer mis faltas sin poner excusas y aprender a callar el ego antes de señalar la falta de mi prójimo.
Cuatro Principios para Garantizar la Paz en la Iglesia Local
Para que la resolución de conflictos sea una realidad constante en la vida congregacional, debemos abrazar las siguientes convicciones:
Prioridad del autoexamen: Jamás intente corregir a un hermano sin haber pasado antes por el tribunal de la oración y la confesión personal.
Repudio a las filosofías mundanas: Deseche toda norma de conducta que promueva la autojustificación, la venganza o el culto a la autoestima.
Prontitud en la reconciliación: No permita que el sol se ponga sobre su enojo; busque la restauración relacional con la máxima urgencia.
Enfoque en el testimonio público: Una iglesia que resuelve sus roces trabajando el propio corazón proclama al mundo el poder transformador del Evangelio.
Sostener la paz del Señor no es una opción secundaria; es la prueba irrefutable de que hemos sido resucitados de la muerte espiritual.
A Aquel que nos amó cuando éramos sus enemigos; al Príncipe de Paz que derribó la pared intermedia de separación en la cruz; y al Espíritu Santo que habita en la iglesia para conservar la unidad; sea toda la gloria, el honor y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.
¿Estás buscando resolver tus diferencias examinando primero tu propio corazón, o sigues esperando que el otro cambie? Te invitamos a dejar tu